Dos grandes radiotelescopios no hallaron señales artificiales en K2-18b, pero probaron una forma más eficaz de buscarlas.
K2-18b ocupa un lugar destacado entre los exoplanetas observados por la astrobiología. Situado a unos 124 años luz, en la constelación de Leo, orbita en la zona habitable de una enana roja. El telescopio James Webb ha revelado en su atmósfera dióxido de carbono y metano, datos que han alimentado la hipótesis de un mundo hiceánico.
Ese concepto describe un planeta con una envoltura rica en hidrógeno y, posiblemente, un océano global de agua líquida. No equivale a una prueba de vida, pero convierte a K2-18b en un candidato razonable para ampliar la búsqueda. Además de bioseñales químicas, los astrónomos pueden explorar posibles huellas tecnológicas.
Con ese propósito, un equipo utilizó dos de los radiotelescopios más potentes del mundo: el VLA, en Nuevo México, y MeerKAT, en Sudáfrica. La campaña buscó emisiones de radio de banda estrecha. Si una señal así procediera de otro sistema planetario, podría ser compatible con algún tipo de tecnología.
El volumen de datos fue enorme. Los programas de análisis filtraron millones de candidatos y eliminaron interferencias humanas, frecuencias ya contaminadas, señales sin el desplazamiento Doppler esperado y detecciones presentes en varias direcciones. La lógica era clara: una señal genuina de K2-18b debía comportarse de forma distinta al ruido terrestre.
Ninguna detección superó todos los criterios. La conclusión no descarta vida ni tecnología en ese sistema, pero sí limita la potencia de cualquier transmisor en las frecuencias estudiadas, hasta niveles parecidos a los del antiguo radar de Arecibo. El avance principal está en el método: las próximas búsquedas SETI necesitarán esa capacidad para cribar datos masivos con rigor.
Basado en: Andy Tomaswick, ScienceDaily
