Mongolia ofrece desiertos, caballos salvajes, festivales tradicionales y grandes paisajes poco poblados.
Mongolia está entre China y Rusia. Es un país enorme y vive allí poca gente. Fuera de Ulán Bator, la capital, hay grandes espacios abiertos, pocas ciudades y pocas carreteras asfaltadas. Por eso, moverse puede llevar tiempo. También por eso el viaje resulta tan especial.
Muchas personas van a Mongolia para ver la estepa, mirar un cielo muy limpio y conocer una forma de vida nómada que todavía existe. En el campo, algunas familias se desplazan con sus animales y viven en una ger, una tienda tradicional. Para el visitante, cada parada ayuda a entender mejor el país.
En el desierto del Gobi hay rocas, zonas de dunas y familias que cuidan camellos, caballos y cabras. Allí están también los Acantilados Llameantes, famosos por sus fósiles de dinosaurios. En ese lugar se encontró el primer nido fosilizado de huevos de dinosaurio. Es un sitio importante para la ciencia y también atrae a muchos viajeros.
Cerca de la capital está el parque nacional Hustai. Allí viven los takhi, unos caballos salvajes en peligro. En los años sesenta se pensaba que ya no quedaban libres en la naturaleza, pero después volvieron a Mongolia desde zoológicos. Hoy hay unos 380 en Hustai. Verlos de cerca permite comprender el valor de proteger la naturaleza.
Mongolia también tiene fiestas tradicionales. En Naadam hay lucha, tiro con arco y carreras de caballos. En octubre se celebra el Festival del Águila Dorada, unido a una antigua tradición de caza con águilas. Para viajar por el campo conviene ir con guía, llevar dinero en efectivo y respetar las costumbres al entrar en una ger. Junio y septiembre suelen ser buenos meses para visitar el país.
Basado en: Mae Hamilton, Travel + Leisure
