Una ruta por diez refugios europeos donde el paisaje, la historia y la vida sencilla forman parte de la aventura.
Dormir en un refugio acerca al viajero a la montaña y convierte el alojamiento en parte de la aventura. En los Picos de Europa, la diminuta Cabaña Verónica se alza a 2.325 metros, a dos horas a pie del teleférico. Su cúpula perteneció a un buque de guerra desguazado en Bilbao en 1960; después fue transportada a caballo y reconstruida sobre la roca.
Mucho más al norte, el hielo puede llegar a ocultar el refugio sueco de Låktatjåkko. El fuego del salón, los platos calientes y los gofres ofrecen un fuerte contraste con el paisaje exterior. Gaustatoppen, en Noruega, propone otra experiencia: un funicular penetra en el granito y conecta con túneles de la guerra fría, usados también como museo y acceso durante el invierno.
Algunos alojamientos ocupan posiciones clave bajo grandes cumbres. Chata pod Rysmi facilita la subida al Rysy, en Eslovaquia, aunque el riesgo de aludes limita su temporada. Kredarica precede al último tramo del Triglav, la montaña más alta de Eslovenia. Está muy concurrido en verano, mientras que en invierno ofrece dormitorios sin calefacción y una ruta que exige piolet y crampones. El refugio protege, pero no sustituye una buena preparación.
Ciottulu di Mori conserva en Córcega una hospitalidad austera y recibe provisiones en mula. Breiðuvik se asoma a la costa volcánica de Islandia. En Escocia, los refugios libres suelen ocupar viejas casas de pastores o mineros y dependen del cuidado común. Ya en los Dolomitas, Nuvolau destaca por sus atardeceres, mientras que Lagazuoi permite explorar túneles de la primera guerra mundial. Así, cada parada combina a su manera cobijo, paisaje e historia.
Basado en: Kevin Rushby, The Guardian
