Una ruta por diez refugios europeos donde el paisaje, la historia y la vida sencilla forman parte de la aventura.
Los refugios permiten pasar la noche en lugares sin hoteles ni carreteras. La Cabaña Verónica, en los Picos de Europa, se encuentra a 2.325 metros y solo tiene seis plazas. Para llegar hay que caminar dos horas desde el teleférico. Su forma redonda esconde una historia curiosa: antes fue una pieza de un barco de guerra desmontado en Bilbao en 1960.
Al norte del círculo polar, el refugio sueco de Låktatjåkko puede quedar medio enterrado en la nieve. No hay cobertura, pero sí fuego, platos calientes y gofres. En Noruega, la llegada a Gaustatoppen es muy diferente. Un antiguo tren entra un kilómetro en la montaña y enlaza con túneles de una estación de comunicaciones de la guerra fría. Cuando el cielo está despejado, las vistas alcanzan una gran parte del país.
En los Tatras de Eslovaquia, Chata pod Rysmi sirve de base para subir al monte Rysy. Los aludes y los desprendimientos han destruido el edificio varias veces, así que solo abre de junio a octubre. Kredarica, en Eslovenia, es la última parada antes de la cima del Triglav. Se llena en verano; en invierno, la ruta exige experiencia y equipo para el hielo.
El viaje continúa por Ciottulu di Mori, un refugio sencillo de Córcega abastecido por mulas, y por Breiðuvik, frente a la costa volcánica de Islandia. En Escocia, antiguas casas de pastores o mineros sirven como refugios libres que todos deben cuidar. Los Dolomitas italianos ofrecen dos experiencias más: los atardeceres de Nuvolau y los túneles de la primera guerra mundial junto a Lagazuoi. En todos estos lugares, el paisaje y la convivencia forman parte de la estancia.
Basado en: Kevin Rushby, The Guardian
