Un cuento de 1954 vuelve a leerse hoy por su parecido con la inteligencia artificial generativa.
Roald Dahl suele asociarse con libros infantiles llenos de imaginación. Sin embargo, también escribió relatos para otros lectores. En 1954 publicó “The Great Automatic Grammatizator”, un cuento que hoy resulta sorprendente porque presenta una máquina capaz de crear textos.
La historia sigue a Adolph Knipe, un empleado joven que se siente atrapado en su trabajo. También sueña con ser escritor, pero sus cuentos no interesan a las revistas. Esa mezcla de cansancio y frustración explica muchas de sus decisiones.
Knipe ha diseñado antes una calculadora eléctrica para su jefe, el señor Bohlen. A partir de ese éxito, imagina un aparato distinto. La idea es sencilla y extraña al mismo tiempo: ordenar palabras como una calculadora ordena números. Para hacerlo, la máquina necesita vocabulario, gramática y argumentos.
El invento de Dahl pertenece claramente a los años cincuenta. Es grande, analógico y lleno de mandos. Tiene botones, diales y pedales para elegir el tema, el estilo, la tensión, el humor o la pasión. No parece una aplicación moderna, pero permite pedir un tipo concreto de historia.
Knipe ve en esa máquina una oportunidad comercial. Quiere fabricar relatos deprisa, venderlos a revistas y presentarse como autor. En aquella época, una buena historia breve podía pagarse bien, así que el plan no era solo una fantasía técnica.
Por eso el cuento se lee hoy con interés. No predice ChatGPT con exactitud, pero sí plantea una preocupación parecida. Cuando una máquina puede escribir mucho y rápido, cambia la forma de pensar en el trabajo, el prestigio y la creatividad de quien escribe.
Basado en: Colin Marshall, Open Culture
