La pionera trans que ganó el derecho a jugar el US Open femenino defiende hoy límites para otras deportistas trans.
La batalla judicial que Renée Richards libró en 1977 ocupa un lugar singular en la historia del tenis. Cuando se hizo pública su transición, la federación estadounidense quiso impedirle disputar el US Open femenino a menos que se sometiera a una prueba cromosómica. Richards demandó a la organización y venció. La sentencia, limitada a su caso, le devolvió el acceso a un deporte que había vertebrado su vida.
En el torneo cayó ante Virginia Wade, aunque llegó a la final de dobles con Betty Ann Stuart. Parte del vestuario la recibió con hostilidad. Billie Jean King, tras consultar a especialistas y reunirse con ella, terminó defendiéndola e incluso compartió pista con Richards. Aquel respaldo dio visibilidad a su presencia en un circuito que apenas comprendía las identidades trans.
Richards alcanzó el número 20 mundial, entrenó posteriormente a Martina Navratilova y retomó una extensa carrera como oftalmóloga. La periodista Julie Kliegman, trans y no binaria, revisa esa trayectoria en una biografía construida a partir de memorias, archivos y encuentros con la extenista, que tiene ahora 92 años.
La vertiente más incómoda de su legado reside en su posición actual. Richards considera que las mujeres trans que pasaron por la pubertad masculina deberían quedar fuera del deporte femenino por las posibles ventajas físicas. Kliegman juzga insuficientes las pruebas para justificar una exclusión tan amplia. Sin abandonar su tesis, Richards reconoce ahora que las restricciones deportivas forman parte de una ofensiva política contra la presencia pública de las personas trans. Su recorrido reúne así emancipación y controversia, una paradoja que impide reducirla a un símbolo sencillo.
Basado en: Rich Tenorio, The Guardian
