Un nuevo estudio propone que el calor atrapado por el polvo del impacto causó una muerte muy rápida en tierra firme.
La desaparición de los dinosaurios no aviares se ha interpretado a menudo como una catástrofe lenta tras el impacto: el polvo oscureció el cielo, la fotosíntesis se desplomó y las redes tróficas perdieron su base. Ese mecanismo sigue siendo esencial, pero una nueva simulación añade un episodio inmediato.
Hace 66 millones de años, un asteroide comparable a una gran montaña impactó contra la Tierra y abrió el cráter de Chicxulub, bajo el actual golfo de México. La colisión vaporizó rocas y proyectó material a la atmósfera. Al enfriarse, una parte se condensó en gotas de roca fundida; otra quedó como polvo extremadamente fino.
A partir de depósitos conservados en Dakota del Norte, los investigadores reconstruyeron cómo pudo distribuirse esa nube. Las gotas fundidas habrían caído con gran energía y habrían calentado la atmósfera. El detalle decisivo es que el polvo no habría dejado escapar toda esa radiación al espacio, sino que la habría devuelto hacia la superficie.
Durante aproximadamente una hora, la Tierra habría sufrido una pulsación de radiación térmica global. El aire se calentaría con rapidez, el cielo se volvería rojizo y los organismos expuestos recibirían una carga incompatible con la supervivencia. En ese escenario, muchos dinosaurios terrestres murieron antes de que la oscuridad dominara la crisis.
La propuesta matiza el orden de los acontecimientos sin sustituir la explicación clásica. Primero habría actuado un calor breve y extremo; después, una atmósfera cargada de polvo y humo habría reducido la luz disponible.
La hipótesis también deja límites claros. Los incendios y el calor superficial explican mal lo ocurrido en pleno océano. Allí, la falta de luz siguió siendo probablemente decisiva.
Basado en: Libby Riddle, Science News
