Un gen adquirido de bacterias permite a estos crustáceos de las profundidades soportar largos periodos sin comer.
Los isópodos marinos gigantes habitan un entorno extremo: las profundidades frías y oscuras del océano, donde el alimento escasea. Estos crustáceos acorazados, parientes de las cochinillas terrestres, pueden medir hasta medio metro. Se encuentran entre unos 170 y 2.100 metros de profundidad, y algunos resisten más de cinco años sin ingerir comida.
Su amplio estómago les permite darse un gran festín cuando aparece una presa. Sin embargo, almacenar alimento no basta para explicar ayunos tan prolongados. En busca de otra respuesta, un equipo científico comparó ejemplares recogidos a 300 y 800 metros. Secuenció sus genomas y analizó el consumo de oxígeno, la actividad de las enzimas y las necesidades energéticas de los animales.
La diferencia principal apareció en el gen ND1, mucho más activo en los isópodos de aguas profundas. El gen carece de unas secuencias intercaladas llamadas intrones y produce proteínas diminutas. Estos rasgos son más propios de un gen bacteriano que de uno animal. Los investigadores proponen que unas bacterias alojadas en el estómago de un antepasado transfirieron ese material genético hace más de 16 millones de años. La modificación se heredó después durante muchas generaciones.
En la actualidad, estos isópodos poseen numerosas copias del gen. Cuando baja la temperatura, parecen limitar la producción de energía y ralentizar el metabolismo. Las pruebas con peces cebra, nematodos y células humanas mostraron una reducción similar. El hallazgo permite estudiar desde una nueva perspectiva el gigantismo de las profundidades y la influencia del microbioma en la adaptación al océano.
Basado en: Saugat Bolakhe, Scientific American
