Los Everglades son un gran humedal de Florida, pero también un hogar con memoria, cultura y formas propias de viajar.
Los Everglades, en el sur de Florida, suelen presentarse como una vasta naturaleza anfibia: praderas inundadas, manglares, cipreses y una corriente lenta hacia el golfo de México. Su riqueza ecológica atrae a viajeros que buscan aves, manatíes, caimanes y cocodrilos. Esa imagen, aunque poderosa, deja fuera una parte decisiva de su identidad.
Para los pueblos miccosukee y seminola, estas aguas son un hogar histórico, no un decorado natural. A ellos se suma la comunidad de los gladesmen, descendiente de familias que aprendieron a vivir del pantano con pesca, caza, barcas ligeras y una lectura precisa del agua.
La presión sobre ese mundo ha sido profunda. Durante el siglo XX, el drenaje, la tala y la gestión hidráulica alteraron el equilibrio del humedal. La desaparición de muchas islas de árboles, pequeñas elevaciones de tierra firme, afectó a aves, plantas nativas y prácticas indígenas. Donde casi todo se mueve con el agua, cada espacio seco importa.
Frente a esa pérdida, algunas iniciativas proponen mirar los Everglades desde dentro. Betty Osceola, guía miccosukee, defiende restaurar hábitats y replantar especies nativas. Jack Shealy, ligado a la tradición gladesmen, trabaja para transmitir una cultura que se adapta, aunque las normas y los costes expulsen a familias del territorio.
Viajar con esa perspectiva cambia la experiencia. La estación seca, entre noviembre y abril, facilita las excursiones y la observación de fauna. Desde Homestead se accede a senderos; desde Everglades City, a las Diez Mil Islas y a rutas en kayak o barco. Museos, centros de visitantes y guías locales muestran que este humedal no es solo un parque: es un paisaje vivo, con memoria.
Basado en: Carrie Honaker, AFAR
