Un sensor táctil inspirado en los animales permite a drones diminutos orientarse cuando sus cámaras no pueden ver.
Los drones diminutos pueden entrar por las grietas de un edificio derrumbado y ayudar a buscar supervivientes. Su tamaño, sin embargo, impide que lleven sensores potentes. En la oscuridad, entre el humo o frente a una pared de cristal, las cámaras y los sistemas láser pueden fallar.
Investigadores de la Universidad Tecnológica de Delft, en Países Bajos, se inspiraron en los animales nocturnos. Colocaron dos alambres de níquel y titanio en un dron que cabe en la palma de una mano. Cada bigote mide casi 20 centímetros y lleva sensores en la base para registrar cómo se dobla al tocar un objeto.
Un microcontrolador usa esos datos para calcular la posición y la distancia de la barrera. No necesita enviar la información a un ordenador externo. El diseño planteaba una dificultad: al rozar una pared, el alambre podía hacer girar el dron y causar un choque. Tras comparar 72 vuelos, el equipo eligió una inclinación de 45 grados, que ofrecía una trayectoria más estable.
También había que distinguir los contactos reales de las vibraciones de las hélices. Al principio, el 38 % de las detecciones eran falsas. Un filtro y un programa que corrige los cambios lentos de los sensores redujeron ese porcentaje al 0 %.
En las pruebas, el dron siguió paredes de cristal y se mantuvo a una distancia de entre 6 y 10 centímetros. Después encontró una salida de unos 76 centímetros en el 90 % de los intentos. Los espacios de un desastre real serán más complicados, pero el sistema solo ocupa 34 KB de memoria. Por eso, puede orientar en tiempo real a un aparato muy pequeño.
Basado en: Ritsuko Kawai, WIRED
