Un nuevo análisis muestra que el último reactor experimental nazi estaba mucho más lejos de funcionar de lo que se pensaba.
Una reconstrucción científica del último reactor experimental de la Alemania nazi indica que su programa atómico se encontraba mucho más lejos del éxito de lo que sostuvo Werner Heisenberg, responsable del ensayo. El análisis permite medir con mayor precisión la distancia entre sus afirmaciones y las posibilidades reales del proyecto.
Montado en 1945, el reactor B8 empleaba cubos de uranio natural suspendidos en agua pesada. Esta sustancia ralentizaba los neutrones liberados durante la fisión y favorecía nuevas divisiones atómicas. Para alcanzar la criticidad, cada generación de fisiones debía generar suficientes neutrones para sostener la siguiente. El B8 nunca cruzó ese umbral, aunque Heisenberg afirmó que habría bastado un aumento moderado de uranio.
El examen de dos cubos supervivientes, junto con documentación técnica y correspondencia de guerra, desmiente esa estimación. Según los cálculos actuales, el dispositivo requería casi el doble de uranio y más del doble de agua pesada. Esas cantidades excedían los recursos alemanes. El abastecimiento de agua pesada se complicó aún más tras las operaciones aliadas contra la planta noruega de Vemork.
Adoptar el grafito utilizado por Estados Unidos en su reactor de 1942 tampoco resultaba factible. El disponible en los territorios controlados por Alemania contenía impurezas de boro, capaces de capturar los neutrones imprescindibles para mantener la reacción. En consecuencia, ni el diseño original ni esa alternativa podían funcionar con los materiales existentes. Esta investigación de arqueología nuclear explica por qué el programa no pasó de los experimentos a un reactor capaz de producir plutonio para un arma atómica.
Basado en: ScienceDaily
