Un nuevo análisis muestra que el último reactor experimental nazi estaba mucho más lejos de funcionar de lo que se pensaba.
El temor a que la Alemania nazi se adelantara en la fabricación de la bomba atómica contribuyó a impulsar el Proyecto Manhattan estadounidense. Alemania desarrolló su propio programa, pero su último reactor experimental nunca alcanzó la criticidad: el punto en el que una reacción nuclear en cadena se mantiene por sí sola.
El dispositivo, llamado B8, se construyó en 1945 bajo la dirección de Werner Heisenberg. Utilizaba cubos de uranio natural suspendidos en agua pesada. Esta sustancia actuaba como moderador, pues reducía la velocidad de los neutrones y aumentaba la posibilidad de que provocaran nuevas fisiones. Heisenberg sostuvo que bastaba con añadir una cantidad relativamente pequeña de uranio para que funcionara.
Sin embargo, el análisis de dos cubos conservados y de diversos documentos de la época contradice esa valoración. Los nuevos cálculos señalan que el B8 habría requerido casi el doble de uranio y más del doble de agua pesada. Alemania carecía de tales recursos. Además, los sabotajes y bombardeos aliados contra la planta noruega de Vemork dificultaron el suministro de agua pesada.
El grafito tampoco ofrecía una salida viable. Estados Unidos lo había usado con éxito en un reactor en 1942, pero el material accesible para Alemania contenía impurezas, en especial boro, que absorbían los neutrones. Ni el diseño original ni esta alternativa podían alcanzar la criticidad con los materiales existentes. Los cubos supervivientes revelan que el proyecto aún estaba muy lejos de producir plutonio para un arma atómica.
Basado en: ScienceDaily
