La IA ayuda a crear gráficos científicos, pero exige normas claras, revisión y transparencia.
La generación de imágenes con inteligencia artificial se ha vuelto atractiva para la ciencia porque permite esbozar ideas, preparar diagramas y presentar resultados con menos tiempo y recursos. Para grupos sin apoyo profesional de diseño, esa capacidad puede mejorar la comunicación. Sin embargo, la misma facilidad abre una vía de riesgo: figuras pulidas, convincentes y, pese a todo, erróneas.
Los casos recientes explican la inquietud. En 2024, una ilustración creada con Midjourney apareció en un trabajo científico aunque mostraba una rata con una anatomía imposible y texto sin sentido. Dos años después, las herramientas eran más capaces, pero el problema no había desaparecido. En abril de 2026, una revista médica retiró un estudio tras detectar números incorrectos en una cinta de medir dentro de una imagen clínica.
Ese tipo de fallo no es un simple defecto estético. En ciencia, una figura puede orientar la lectura de un resultado y afectar a la confianza en lo que se presenta. Por eso, los autores deben revisar las políticas editoriales antes de enviar un manuscrito. El panorama es desigual: algunas revistas aceptan usos declarados y documentados, mientras que otras prohíben imágenes generativas o solo admiten excepciones concretas.
También importa distinguir entre un esquema explicativo y una imagen ofrecida como prueba. Una herramienta de IA puede ayudar a ordenar una idea visual, pero no debe inventar ni retocar datos originales, fotografías médicas o pruebas de laboratorio que sostienen una conclusión. Declarar el uso de IA, conservar registros y revisar cada elemento técnico son prácticas básicas. La responsabilidad permanece en quienes firman el trabajo.
Basado en: Sarah Wild, Nature
