El presidente inicia una intensa gira mientras parte de su partido duda de que su presencia ayude a los candidatos republicanos.
Donald Trump ha puesto en marcha una ofensiva electoral de 32 días con el objetivo de preservar las exiguas mayorías republicanas en el Congreso. El calendario, que contempla entre cinco y siete mítines semanales, recupera el formato sobre el que cimentó su trayectoria política. No obstante, algunas voces del partido temen que su omnipresencia acabe lastrando a los candidatos a los que pretende respaldar.
Desde 2015, estos encuentros han servido como espectáculo, espacio de comunidad política y mecanismo de movilización. En Oklahoma, Trump instó a sus seguidores a llamar a familiares y amigos, una petición que revela hasta qué punto la participación puede decidir el resultado. Para sus incondicionales, ningún otro dirigente mantiene una conexión semejante con las bases; para sus detractores, cada acto amplifica el desgaste presidencial.
Las encuestas ayudan a entender la inquietud. El descontento con el coste de la vida, la marcha de la economía, la guerra con Irán y la dureza de las operaciones migratorias ha hundido su valoración. Solo el 17 % aprueba su gestión de los gastos cotidianos, mientras que apenas tres de cada diez adultos respaldan su desempeño general. Al mismo tiempo, los sondeos nacionales otorgan a los demócratas una ventaja considerable.
Resulta significativo que el recorrido inicial atraviese feudos conservadores como Texas, Oklahoma y Alabama. Los críticos lo interpretan como una admisión de vulnerabilidad, aunque los partidarios de Trump recuerdan que ya ha desmentido pronósticos adversos. El dilema republicano es claro: movilizar a su electorado sin que las elecciones legislativas se conviertan en una consulta sobre la figura y el mandato del presidente.
Basado en: David Smith, The Guardian
