Varias decisiones de la FIFA han puesto a los árbitros bajo más presión en el Mundial de 2026.
El Mundial de 2026 ha situado el arbitraje en una zona de tensión constante. No se trata solo de quejas tras una tarjeta, un penalti o una jugada límite. La sensación de fondo es más amplia: varias actuaciones de la FIFA han debilitado la autoridad que necesitan los colegiados.
El caso de Folarin Balogun concentra buena parte de ese malestar. El delantero estadounidense fue expulsado el 2 de julio, en la victoria por 2-0 ante Bosnia y Herzegovina, y debía quedar fuera del siguiente encuentro. Sin embargo, la comisión disciplinaria de la FIFA convirtió la sanción automática en una suspensión sin aplicación inmediata. Esa fórmula le permitió jugar contra Bélgica. La decisión llegó tras una llamada de Donald Trump a Gianni Infantino.
La incomodidad ya venía de antes. En los días previos al torneo, las autoridades estadounidenses impidieron la entrada del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan. Infantino admitió que la FIFA podía buscar soluciones, pero no imponerse a gobiernos ni a cuerpos policiales.
A partir de ahí, algunas designaciones añadieron ruido. Ilgiz Tantashev dirigió el Francia-Paraguay pese a su escaso recorrido en esta Copa del Mundo. François Letexier arbitró Argentina-Egipto y recibió críticas desde Egipto. La elección de un equipo argentino para Francia-Marruecos también despertó recelos por el contexto posterior a la final de 2022.
La expansión a 48 selecciones y 104 partidos obliga a ampliar la nómina arbitral y complica la gestión. Pero el problema principal es la falta de claridad percibida. Si los criterios disciplinarios y las designaciones parecen opacos, el árbitro salta al campo con una carga que va más allá del juego.
Basado en: Rémi Dupré y Denis Ménétrier, Le Monde
