Un nuevo análisis de huesos cambia la idea sobre cómo vivía Homo floresiensis.
Homo floresiensis, el hominino de un metro apodado hobbit, ocupa un lugar singular en la evolución humana. Sus restos, hallados en la cueva de Liang Bua, en Flores, parecían combinar un cerebro pequeño con conductas avanzadas.
La hipótesis más influyente sostenía que aquellos habitantes podían cazar grandes presas y manejar el fuego. Esa lectura se apoyaba en huesos de Stegodon, un pariente enano de los elefantes, con posibles cortes, y en restos interpretados como quemados. En Flores también vivían dragones de Komodo de unos tres metros.
El nuevo análisis desplaza el foco hacia esos reptiles. Un equipo examinó más de 3.000 fragmentos de huesos de Stegodon de Liang Bua, de entre 190.000 y 50.000 años. Luego comparó sus marcas con las que dejan dragones de Komodo actuales al comer cabras.
La semejanza favorece una explicación más sobria: muchas marcas atribuidas a herramientas humanas encajan mejor con dientes de dragón de Komodo. Además, los huesos antiguos no muestran impactos claros de lanza. Si Homo floresiensis comía Stegodon, probablemente lo hacía después de los reptiles.
Esa posibilidad reduce el peso de la caza mayor y sugiere un acceso más limitado a la carne. Los dragones de Komodo pueden aprovechar casi todos los tejidos blandos, de modo que los homininos habrían llegado a restos escasos. Es una escena menos llamativa, pero coherente con una isla donde varios animales competían por la comida.
La revisión del fuego apunta en la misma dirección. Casi 7.000 fragmentos de roedores de la cueva no presentan señales de carbonización. La imagen resultante no elimina la inteligencia de los hobbits, pero sí modera algunas ideas sobre sus capacidades.
Basado en: Jake Buehler, Science News
