La pintora sueca creó una obra abstracta muy temprana y hoy recibe una nueva atención.
Durante décadas, Hilma af Klint ocupó un lugar marginal en la historia del arte moderno. Nacida en Estocolmo en 1862 y formada en la Real Academia de Bellas Artes, mantuvo una producción pública de retratos y paisajes que encajaba con su tiempo. En paralelo, casi en secreto, creó un lenguaje radical, con formas geométricas, colores vibrantes y símbolos espirituales.
Su obra no puede separarse del clima esotérico de finales del siglo XIX. Af Klint participó en sesiones espiritistas desde los 17 años y, tras la muerte de su hermana Hermina, intensificó ese interés. En 1896 fundó Las Cinco junto a otras mujeres. El grupo registraba visiones, dibujos y mensajes atribuidos a entidades espirituales, una práctica creativa para ella.
El núcleo de su legado son las Pinturas para el templo, iniciadas en 1906 y desarrolladas durante nueve años. Af Klint entendía la serie como una misión para expresar dimensiones invisibles. Las 193 obras combinan espirales, diagramas y formas orgánicas. Su aparición temprana obliga a revisar la idea de que la abstracción nació solo alrededor de figuras como Kandinsky.
La artista, sin embargo, no organizó su carrera en torno a esa reivindicación. Antes de morir en 1944, quiso que buena parte de su producción abstracta permaneciera fuera de la mirada pública durante veinte años. Su reconocimiento se aceleró después. La muestra actual en el Grand Palais de París confirma que su obra ya no es una nota al margen, sino una pieza clave de la modernidad.
Basado en: Ellen Wexler, Smithsonian Magazine
