Hard Rock mantiene vivo su atractivo turístico con música, objetos históricos y hoteles cada vez más ambiciosos.
Hard Rock ha conseguido algo poco común en el turismo: ser una cadena reconocible y, a la vez, despertar recuerdos personales. Sus cafés y hoteles mezclan comida sencilla, música, tiendas y objetos de artistas famosos. Muchos viajeros no entran solo para comer o dormir. También miran las paredes, buscan una guitarra conocida o se hacen una foto junto a una pieza del rock.
Todo comenzó en Londres en 1971, cuando Isaac Tigrett y Peter Morton abrieron un restaurante inspirado en los diners estadounidenses. La colección llegó casi por casualidad. En 1979, Eric Clapton mandó una guitarra al local para reservar su asiento favorito en la barra. Poco después, Pete Townshend envió otra. Aquel intercambio abrió el camino a una colección que supera las 88.000 piezas.
Entre esos objetos hay ropa, instrumentos, letras y recuerdos de conciertos. La visita no funciona como un museo silencioso, sino como un paseo por señales conocidas de la cultura musical.
La marca cambió de escala en 2007, cuando la tribu seminola de Florida compró Hard Rock International. Desde entonces, el grupo creció como empresa de ocio, con hoteles, casinos, resorts, tiendas y espacios de música en directo. Hoy está en más de 80 países. En Florida ya tiene un hotel con forma de guitarra, y Las Vegas espera otro edificio similar para 2027, donde antes estaba The Mirage.
Hard Rock intenta que cada sede tenga relación con su destino. Sus equipos estudian la cultura musical local antes de elegir objetos, actuaciones o algunos detalles del menú. Así, el visitante encuentra siempre un logo y una guitarra, pero no vive exactamente la misma experiencia. Esa mezcla mantiene vivo su atractivo.
Basado en: Jessica Chapel, Condé Nast Traveler
