Un viaje desde Adelaida descubre montañas antiguas, fauna singular y cielos limpios en el outback australiano.
El trayecto de cinco horas desde Adelaida hasta las Flinders Ranges exige cierta resistencia: rectas interminables, cobertura intermitente y hasta lluvia en pleno outback. No obstante, la carretera dista mucho de ser un mero trámite. En primavera discurre entre campos dorados de colza y pastos verdes salpicados de ovejas, hasta que un emú junto al arcén confirma la llegada a un territorio inequívocamente australiano.
Las escalas dan ritmo al viaje. Clare Valley invita a catar vino, Melrose ofrece vistas del monte Remarkable y Quorn permite probar una tarta de quandong. Al final aguarda una cordillera de 430 kilómetros cuyo valor trasciende lo paisajístico. El pueblo adnyamathanha mantiene desde hace decenas de miles de años un profundo vínculo con estas tierras, donde perviven relatos sagrados y muestras de arte rupestre.
Gargantas rojizas, fósiles de unos 550 millones de años y cielos nocturnos prácticamente intactos componen un entorno excepcional. Una antigua explotación ovina fundada en 1851, hoy transformada en reserva privada, organiza recorridos en todoterreno por sus 63.000 acres. Los itinerarios conducen a miradores sobre crestas de más de 600 millones de años y permiten buscar al amenazado ualabí de las rocas de patas amarillas.
Las inundaciones anteriores a la visita mantuvieron cerrados numerosos senderos, aunque también ampliaron la lista de motivos para regresar. Quedaron pendientes el ascenso al pico St Mary y las vistas de Ikara-Wilpena Pound, además del yacimiento fósil de Nilpena y una acampada bajo el cielo protegido de Arkaroola. Una estancia de dos noches apenas basta para asimilar la escala geológica, cultural y paisajística de la región.
Basado en: Melissa Woodley, Time Out Australia
