Las decisiones económicas, militares y diplomáticas de Washington han reforzado la posición relativa de Pekín.
En 19 meses del segundo mandato de Donald Trump, China ha fortalecido su posición frente a Estados Unidos en los ámbitos económico, tecnológico, militar y diplomático. La guerra contra Irán constituye la crisis más visible. No obstante, la ausencia de objetivos estables respecto a Pekín amenaza con provocar un deterioro más duradero para Washington.
La ofensiva arancelaria no corrigió el déficit comercial, pues numerosas exportaciones chinas se desviaron a través de Vietnam, Taiwán y México. Estados Unidos tampoco redujo su dependencia de tierras raras, imanes e insumos industriales. Pekín demostró, además, que podía emplear las compras de soja como instrumento de presión. La tregua acordada por Trump y Xi Jinping en 2025 confirmó los límites de la estrategia estadounidense.
Aunque Estados Unidos conserva el liderazgo en inteligencia artificial, China acorta distancias gracias a modelos baratos, robots y su industria. También domina la producción de baterías, energía solar y vehículos eléctricos. En cambio, las restricciones migratorias, la presión sobre las universidades y la aplicación errática de los controles de chips han debilitado ventajas estadounidenses.
La campaña iraní ha desviado hacia Oriente Próximo un portaaviones, munición y defensas necesarias en el Pacífico. A la vez, Pekín intensifica sus maniobras y simulaciones de bloqueo en torno a Taiwán. Los recortes de ayuda exterior y el deterioro de las alianzas erosionan la capacidad de atracción de Washington. China arrastra autoritarismo, deuda y rechazo regional, pero no necesita la simpatía mundial: le basta con aprovechar la retirada estadounidense para ampliar sus mercados y su margen estratégico.
Basado en: Nicholas Bequelin y Yaqiu Wang, Foreign Policy
