Una mirada viajera a Estados Unidos destaca la sorpresa, la cercanía y la variedad del país.
Una viajera llegó a Estados Unidos a los 17 años para empezar la universidad. Su primer destino fue Bradford, una ciudad de Pensilvania. Llegó desde Pittsburgh en un avión de solo doce plazas, con dos maletas llenas y muchas ideas sobre el país.
Al bajar, encontró un aeropuerto pequeño, una sola cinta de equipaje y ningún taxi a la vista. Otro pasajero le dijo que en Bradford había un taxi, pero que el conductor no trabajaba los domingos. Dos desconocidos terminaron llevándola hasta el campus.
El trayecto cambió su primera imagen de Estados Unidos. Por la ventanilla vio árboles, casas y banderas. No era el país de rascacielos y grandes avenidas que había visto tantas veces en las películas.
Después de graduarse volvió a India y ahora vive en Londres, pero su relación con Estados Unidos continuó. Ha conducido por la Pacific Coast Highway y por la I-90, ha visto el otoño de Nueva Inglaterra y ha pasado vacaciones de primavera en Miami. También ha celebrado el 4 de julio en sitios tan diferentes como Charleston, Dakota del Norte y Las Vegas.
Con todo, sus recuerdos más fuertes no son los monumentos. Son escenas pequeñas: saludos de desconocidos, charlas mientras espera un café o conversa en una gasolinera, y pasajeros que comparten historias personales en un vuelo largo.
Esa apertura ayuda a entender por qué muchos visitantes sienten una conexión especial con el país. En el año en que Estados Unidos marca 250 años, el viaje aparece como una mezcla de carreteras, paisajes y trato humano.
Basado en: Divia Thani, Condé Nast Traveler
