Venecia llega tras meses de debates políticos en Berlín y Cannes.
La Mostra de Venecia afronta una edición marcada por una evidencia incómoda: la conversación cultural ya no discurre al margen de las guerras, la polarización y las disputas tecnológicas. Berlín lo comprobó cuando Wim Wenders, al frente del jurado, defendió que los cineastas debían mantenerse fuera de la política. La reacción fue inmediata, porque las preguntas sobre Israel y Palestina atravesaban el debate público.
Cannes tampoco escapó a esa presión. Miles de profesionales denunciaron la influencia de Vincent Bolloré, accionista mayoritario de Canal+ y financiador clave del cine francés. Los abucheos a ciertos logotipos mostraron que incluso los créditos podían convertirse en un gesto político. Después, la inteligencia artificial ocupó el centro de la discusión cuando Demi Moore planteó que el sector debía trabajar con ella y protegerse de sus efectos.
Venecia llega a ese escenario con conflictos propios. La Bienal fue cuestionada por permitir la presencia de Rusia e Israel en sus espacios artísticos, y la Comisión Europea retiró 2,3 millones de dólares con el argumento de que los fondos públicos deben defender valores democráticos. Pietrangelo Buttafuoco replicó que la institución debe preservar un ámbito de coexistencia cultural libre de censura.
Alberto Barbera ha descrito la selección como la más política de los últimos años. En ella aparecen guerras, Palestina, inmigración, clima, represión, exilio ruso, protestas migratorias en Estados Unidos y figuras como Rupert Murdoch o Elon Musk. También habrá una película hecha con inteligencia artificial. La cuestión no será solo qué películas compiten, sino cómo evitar que la política reduzca el cine a titulares.
Basado en: Andrew Wallenstein, Variety
