Una exposición en Copenhague revela cómo los colores, los perfumes y los peinados expresaban riqueza y autoridad en la antigua Roma.
En Roma, la indumentaria funcionaba como un lenguaje público capaz de señalar jerarquía, riqueza e influencia. Los tintes difíciles de obtener y los peinados sofisticados convertían el cuerpo en un escaparate de estatus. El Ny Carlsberg Glyptotek de Copenhague explora esa dimensión política de la apariencia mediante 171 piezas y varias experiencias sensoriales.
El hilo conductor es una estatua de Tiberio esculpida en el siglo I. Aunque hoy contemplamos su mármol blanco, la obra conserva indicios de policromía: el ropaje estuvo pintado de rosa intenso. Una recreación digital restituye ese aspecto, alejado de las asociaciones actuales entre color y género. Para la sociedad romana, aquel rosa transmitía opulencia, firmeza y autoridad divina.
La consideración social de un color dependía de la escasez de sus materias primas. Algunos tonos rosas y púrpuras se elaboraban con glándulas de caracoles mediterráneos, hervidas durante días en recipientes de plomo. La complejidad del proceso encarecía el producto y transformaba cada prenda en una exhibición de recursos. Como las preferencias de la élite variaban, la búsqueda del pigmento más prestigioso era constante.
La exposición amplía esta lectura a través del olfato y el oído. Cuatro estaciones recrean fragancias basadas en fórmulas antiguas: notas florales usadas por hombres en ocasiones señaladas y perfumes más penetrantes apreciados por mujeres. Doce puestos sonoros recuperan, además, juicios de escritores romanos sobre el atuendo de personajes poderosos y su capacidad de mando. Gobernar implicaba también administrar una imagen sometida al escrutinio social. La muestra permanecerá abierta hasta el 29 de marzo de 2027.
Basado en: Christian Thorsberg, Smithsonian Magazine
