Un antiguo palacio de justicia se transforma en un hotel tranquilo que conserva la historia y el estilo artístico de Viena.
La apertura del Mandarin Oriental de Viena en diciembre de 2025 supuso la llegada de la cadena a Austria. El hotel ocupa una calle discreta del primer distrito. La catedral de San Esteban, la Ópera Estatal y las calles comerciales quedan a un paseo, aunque el bullicio turístico apenas se nota. Esa combinación resume su propuesta: estar cerca de todo sin renunciar a la calma.
El inmueble fue construido a comienzos del siglo XX como palacio de justicia, según un proyecto del arquitecto Alfred Keller. La reforma conservó la escalera monumental, las columnas y otros rasgos del modernismo vienés. Para reducir la antigua solemnidad del lugar, incorporó tonos empolvados, mobiliario a medida y arte contemporáneo austriaco. Incluso la lámpara de la entrada evoca el salto de un corcho y las burbujas del champán.
En sus cuatro plantas se distribuyen 86 habitaciones y 52 suites. La estructura histórica hace que sus formas y tamaños varíen. Sin embargo, todas comparten suelos de madera, luz natural y baños de mármol con mosaicos geométricos. El patio central, cubierto por un techo de cristal, concentra la oferta gastronómica. Allí conviven una cafetería, un bar y varios restaurantes dirigidos por el chef Thomas Seifried.
El spa del subsuelo, con siete cabinas, gimnasio y piscina cubierta, invita a hacer una pausa tras recorrer la ciudad. Su masaje característico sigue el ritmo de piezas de Mozart, Haydn, Schubert y Strauss. De este modo, las referencias musicales y artísticas forman parte de la experiencia sin convertir el hotel en un espacio temático. El resultado es un lujo íntimo, sereno y ligado al pasado de Viena.
Basado en: AFAR
