Una exposición en Hampshire muestra paisajes e interiores poco conocidos de la artista escocesa.
La fama de Elizabeth Blackadder se ha asociado durante años a sus flores y a sus gatos, imágenes que la convirtieron en una de las artistas escocesas más reconocibles. Una exposición en la Jenna Burlingham Gallery de Kingsclere, en Hampshire, desplaza ahora la atención hacia una etapa más temprana: paisajes, interiores y bodegones creados entre 1955 y 1975.
La muestra, Quiet Observations, reúne piezas de los primeros veinte años de su trayectoria. Muchas no se habían presentado antes al público. Entre ellas hay paisajes italianos en gouache y acuarela de los años cincuenta, realizados después de que Blackadder se graduara en el Edinburgh College of Art en 1954 y obtuviera una beca para viajar.
Durante su estancia en Florencia, la artista salía en autobús hacia el campo para pintar. Sus vistas de Toscana no responden a una imagen luminosa y turística, sino a una experiencia más áspera: trabajo en soledad, al aire libre y en pleno invierno, en una Italia de posguerra. De ahí nacen paisajes fríos, de tonos terrosos y formas casi abstractas.
Las naturalezas muertas de los años sesenta y setenta muestran otra evolución. Objetos personales, como una cafetera, aparecen una y otra vez en composiciones depuradas. La exposición recuerda la importancia institucional de Blackadder, fallecida en 2021: fue la primera mujer elegida tanto para la Royal Scottish Academy como para la Royal Academy of Arts. La entrada es gratuita del 4 de junio al 4 de julio, y las obras están a la venta.
Basado en: Steven Morris, The Guardian
